El circo de las mariposas

Cartel de El circo de las mariposas
Me llegó hace tiempo.  Lo vi sola, lo vi con mis hijos, lo vi con amigos… y todavía hoy, me sigo emocionando al verlo. Quizá lo conozcáis, pero si no, os animo a sentaros y disfrutarlo. Es maravilloso.

El corto “El circo de las mariposas” trata sobre las limitaciones que nos ponemos nosotros mismos, sobre cómo nos influye la mirada de los demás en nuestra propia percepción, sobre la belleza que hay en todas nuestras imperfecciones, sobre la dignidad…

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No es un #8demarzo cualquiera

Ilustraciones de Tina Berning
Ilustraciones de @Tina Berning en Instagram

 

Aspiro, señores, a que reconozcáis que la mujer tiene destino propio; que sus primeros deberes naturales son para consigo misma, no relativos y dependientes de la entidad moral de la familia que en su día podrá construir o no construir; que su felicidad y dignidad personal tiene que ser el fin esencial de su cultura, y que por consecuencia de ese modo de ser mujer, está investida del mismo derecho a la educación que el hombre.

Emilia Pardo Bazán,
en su discurso del Congreso Pedagógico Hispanoamericano. Madrid, 1892

Esta cita, que precede al inicio de El Indiano, estuvo a punto de cambiarle el título en el último momento. Desde que escribí la primera página, el documento sobre el que trabajaba se llamó Indiano, a secas. Era la historia de Héctor Balboa, lo tenía claro. Pero luego llegó Micaela y comencé a leer escritos de Concepción Arenal, como La mujer del porvenir y otros, así como documentos sobre los congresos pedagógicos de 1882 y 1892, y sobre las maestras y la educación en España en aquellos años. Y después apareció el torrente desbordante de Emilia Pardo Bazán, primera feminista invisible, aún poco reconocida (en mi opinión), y Micaela quiso eso por lo que que doña Emilia clamaba, como voz en el desierto, para las mujeres de su época: Un destino propio.

Tanto en el congreso pedagógico de 1882 como en el de 1892 con el que termina la novela y en el que habló Pardo Bazán, se pedía la misma educación para niños que para niñas. No era aceptable que los niños aprendieran matemáticas, física, naturales o historia y que el programa de las niñas fuera higiene doméstica, bordados y costura, nociones básicas de matemáticas para llevar una casa, y doctrina religiosa, en el caso de aquellas que pudieran ir a la escuela, que eran una minoría. Y por supuesto, para ellas estaba vetada la educación secundaria. ¿Para qué?

En el congreso de 1892 ya se reclamaba la igualdad salarial entre los maestros y las maestras. Había una «brecha salarial» sangrante ente ambos. Y también se reclamaba el derecho a trabajar en la profesión que ellas desearan, sin restricciones. No lo consiguieron, claro está. Los hombres y también las propias mujeres, no lo consideraban adecuado.

Han pasado 125 años desde entonces y hemos progresado mucho en lo que a la situación de la mujer se refiere, sobre todo en los últimos 40 años pero, ¿lo suficiente para el momento en que estamos, de avances en todos los sentidos?

Ahora es el momento. Time is up.

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¿Qué hace una mujer como tú escribiendo novela romántica?

Sentido y sensibilidad, Jane Austen
Imagen de la película Sentido y sensibilidad, basado en la novela de Jane Austen

¿Qué hace una mujer como tú (es decir, más o menos leída, peleona dialéctica de causas perdidas y defensora de planteamientos feministas) escribiendo novela romántica? Cuando me sueltan algo así —de una forma más o menos solapada, sibilina—, me vienen a la boca tres posibles respuestas (además de sapos y culebras):

  1. La borde: escribo lo que me sale de los ovarios.
  2. La políticamente correcta: es un género que me gusta leer, y disfruto escribiendo historias de amor. ¿Tú has leído alguna, por cierto?
  3. La racional: Ni idea. Y para eso es este post. Confieso que a veces me he hecho yo misma esta pregunta, así que declaro éste un post de  “autoentendimiento”, que tampoco me viene mal.

Algunas de las personas —hombres, la mayoría— que me preguntan que por qué escribo novelas de este género, no han leído en su vida una sola novela romántica y sus argumentos contra ellas tienen poco que ver con la crítica feminista. Simplemente, les parece un tipo de novela cursi, simplona, empalagosa, propia de mujeres que sueñan con un tipo de amor que no es real. (He buscado romántico/a en el diccionario de la RAE y ojo a su definición: sentimental, generoso y soñador. ¿Generoso? ¿Soñador? )

Otras personas sí esgrimen argumentos feministas a tener en cuenta:
son novelas que ponen el amor y/o el matrimonio como única razón/propósito vital de una mujer; muestran a la mujer (y al hombre, entiendo) como un ser humano “incompleto” sin el otro (o la otra); proclaman el amor en pareja como una unión sublime, salvadora y eterna (el imprescindible: … fueron felices y comieron perdices por siempre jamás, broche de oro de cualquier novela de amor que se precie), y a menudo, implican un sentimiento de “posesión” del otro/otra.
Además, el feminismo también denuncia que perpetúan la desigualdad entre sexos en la medida en que en esas novelas el hombre asume el rol dominante y la mujer es la parte débil o vulnerable, a la que hay que proteger (me refiero a las historias románticas heterosexuales; en las homosexuales esta última premisa supongo que desaparece o cambia).

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Cómo derribar prejuicios con una buena lectura

Portada libro El legado de Marie SchlauCreo que he hablado alguna otra vez sobre los prejuicios (los míos, los primeros). Lo que rechazas a priori, por desconocimiento, o por mal-conocimiento o por ideas preconcebidas con poca base, sin dar casi oportunidad a desmontarlas.   Me gusta cada vez que me doy cuenta de que he sido víctima de mis propios prejuicios porque me sirve para estar más alerta y detectar con más facilidad cuándo me dejo guiar por ellos. Son ladrones de conocimiento y experiencias.

Traigo esto a colación para hablar de una de mis últimas lecturas que, de no ser por la tertulia literaria en la que participo, estoy convencida de que no hubiera leído jamás (seguramente, por mis prejuicios): El legado de Marie Schlau. Una novela colectiva para curar la Ataxia de Friedreich.

Por suerte para mí, esa tertulia organizada por la asociación Caballo Verde, reúne un grupo de personas, lectores ávidos, con buen ojo crítico y criterio, mucha sensibilidad social, amantes de la cultura, al margen de su formación y experiencia vital, que me amplían horizontes, conocimiento y perspectivas cada vez que nos juntamos a debatir sobre lecturas que alguien ha propuesto previamente. En ocasiones son libros que quizás yo no habría elegido, pero eso es lo interesante.

¿Por qué digo que quizás nunca habría leído la novela de El legado de Marie Schlau? Desconocía su existencia, pero incluso aunque me hubiera tropezado con ella, no sé si habría entrado en mi radar lector. Por el título/subtítulo, probablemente, no: las novelas colectivas me producen extrañeza. Y lo de la Ataxia de Friedreich… me temo que no habría sido argumento suficiente si la trama de la novela no me engancha.

No ha sido el caso con El legado de Marie Schlau, obviamente, aunque confieso que lo empecé a leer con alguna reticencia que me duró lo que tardé en terminar el segundo capítulo. Me encontré con un novelón capaz de conjugar  a lo largo de 500 páginas, misterio, intriga, historias de amor y desamor, hechos históricos, mucha emoción y  el descubrimiento/conocimiento de esta enfermedad rara que es la Ataxia de Friedreich. Creo que ese es uno de los aciertos de esta novela: el dar a conocer esta enfermedad a través de una trama compleja y muy atractiva que no desmerece en absoluto a muchas otras novelas publicadas por grandes editoriales. Cualquier lector podría disfrutar con su lectura.

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El día de la mujer trabajadora… ¿qué celebramos exactamente?

Dia Mujer, la igualdad es ahora
A estas alturas, no sé si podemos celebrar el día de la mujer [trabajadora] como símbolo de ¿qué? La incorporación de la mujer al mercado laboral es un hecho. Ahora más que un día de celebración, para mí es un día de reivindicación, especialmente en los tiempos que corren: con las cifras escandalosas de mujeres asesinadas por la violencia machista; líderes/movimientos retrógrados que pretenden menospreciar o relegar a las mujeres —ya sea con palabras, gestos o hechos—; con el paro femenino pisándole los zapatos al juvenil; con la ausencia mayoritaria de mujeres en puestos de dirección y consejos de administración en las empresas, con la brecha salarial que muchos hombres siguen negando…

Hace poco en mi página de Facebook publicaba la frase de Rebecca West, una periodista inglesa de principios del siglo XX que decía que no sabía si era feminista o no, aunque la gente le llamaba eso cuando expresaba sentimientos que la diferenciaban de un felpudo.  Me gustó porque lo cierto es que yo tampoco me he planteado nunca si soy o no soy feminista. Defendía la igualdad, y punto. Y hace poco, me di cuenta de que era por algo que la escritora/periodista Caitlin Moran ha expresado muy bien: solo por el hecho de ser mujer ya eres feminista, ya que aspiras a tener los mismo derechos y recibir el mismo trato de igualdad que los hombres en todos los aspectos de la vida (ni más ni menos).

Que levanten la mano aquellas mujeres que quieran ser infravaloradas, cobrar menos por un trabajo similar al de un hombre, progresar menos en sus carreras, ser tratadas de manera desigual ante las mismas situaciones, etc. Me sorprendería que hubiera alguna. Sin embargo,  creo que todavía hay muchas mujeres que contraponen feminismo a feminidad —entendido este último como el orgullo de ser mujer, reconocer y valorar de forma positiva lo que nos diferencia de los hombres, sin menoscabo de nada—, pese a que pueden ir de la mano perfectamente; también hay mujeres que confunden feminidad con una forma sutil de “machismo femenino” que pretende perpetuar determinados roles,  costumbres y comportamientos basados en visiones, creencias y educaciones de supremacía masculina ante la “debilidad” femenina.

En algunas novelas románticas y en algún que otro bestseller “new adult” llegado de los EEUU, esto se ve muy claro: protagonistas femeninas que necesitan ser salvadas o protegidas por el protagonista masculino; o que soportan humillaciones, rechazos o lo que sea por el amor del protagonista, que es rebelde y malote “porque el mundo le ha hecho así”; o que entienden el amor como una dominación de él sobre ella; o que se enamoran perdidamente de protagonistas masculinos autoritarios y controladores,  etc…   —con lo que eso implica para la educación sentimental de las lectoras más jóvenes—. No puedo estar más en desacuerdo con ese tipo de historias porque validan una visión poco edificante de la mujer, de su relación con el hombre y con el mundo. Como mujer y autora me siento responsable de lo que reflejan y transmiten mis historias, porque son también reflejo de mis ideas, de la realidad en la que vivo y de mi posición respecto a ella.

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Cáncer de mama, la lucha de todas y de todos

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Hoy es el Día Mundial contra el Cáncer de Mama. El día del lazo rosa, convertido en estandarte femenino y curvilíneo de esta lucha. Como todas estas efemérides, tiene sus luces y sus sombras. Es excusa para las campañas de márketing social –algunas más oportunistas que otras, algunas más acertadas que otras–, para gestos exagerados, pero también para concienciar de verdad, movilizarnos y hacer más visible la lucha contra esta enfermedad. Todo es bueno y necesario. Sobre todo, es un día para vocear aquello que deberíamos interiorizar todos como “mantras”:

  • La prevención y el diagnóstico precoz es vida. Y esto es responsabilidad nuestra, de las mujeres.
  • La esperanza de vida con el cáncer de mama aumenta año tras año. Los logros de la investigación ha conseguido que haya cada vez menos casos, mejores tratamientos, más personalizados.
  • La forma más útil de colaborar contra el cáncer de mama es haciendo donaciones que contribuyan a la investigación.

Cuando le daba vueltas a la historia de Celia de “El mapa de mi piel”, mi idea de la enfermedad era muy superficial. Mi madre lo había padecido hacía 25 años, demasiado tiempo para acordarme con detalle.  Y en aquel momento, no se hablaba tanto de ello, era casi vergonzoso, y daba mucho miedo. Empecé a documentarme, a leer y conocer lo que hace  la AECCGEPAC (Grupo Español de pacientes con cáncer), a hablar con diversas personas —oncólogos, psicooncólogas—, a intentar entender todo lo que pasa por esas mujeres y sus familias antes, durante y después del tratamiento. He aprendido muchísimo de lo que supone esta enfermedad en la vida de las mujeres.

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Por ti, por mí y por todas mis compañeras

Supervivientes del cáncer de mama
Imágenes de Costuras.org y Thescarsproject.org

El 3 de octubre terminé mi segunda novela (aún por revisar) sobre una joven superviviente de un cáncer de mama. No lo hice aposta, salió así de oportuno, en el mes mundial contra el cáncer de mama. Cuando se lo contaba a mis amigas, torcían un poco el gesto o ponían el grito en el cielo: ¿no podías elegir otro tema más agradable? Ay, pues creo que no. Todo depende de cómo se cuente ¿no? y hace tiempo que quería escribir esta historia, aunque reconozco que es un tema delicado para todas nosotras. Y sin embargo, es imprescindible recordarlo porque esa es la mejor prevención. Os lo puedo asegurar porque de esto sé un poco: soy hija y nieta de mastectomizadas así que probablemente me toque algún día.

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