Volver


Vuelvo y el aire de mi ciudad me recibe con extrañeza, como si guardara algún secreto nuevo, como si quisiera presumir de todo lo que ha cambiado en mi ausencia. Un espejismo. Mis bares y cafés permanecen abiertos en el mismo lugar donde los dejé.  La biblioteca, por suerte, también.  (No las tenía todas conmigo)

Vuelvo, pero no. Porque estos viajes tan intensos reclaman su tiempo para regresar poco a poco, asimilar lo vivido y extraerle todo su jugo. El cuerpo está aquí pero los pensamientos vuelan constantemente a aquellos paisajes de colores saturados, a algunos lugares mágicos, a la sensación de ser y estar en ciertos momentos. Tardo unos días de más en hallarme.

Vuelvo y se me viene encima el cúmulo de vivencias con el peso de un trancazo infernal. Los madrugones; las carreras a la puesta de sol entre piedras milenarias y jungla devoradora; los recorridos en trenes como cámaras frigoríficas, las sudadas bajo el calor plomizo, húmedo, que termina por gustarme. (A todo se acostumbra una). Todo pesa: lo bueno y lo menos bueno. Es el peaje a pagar por el deseo de captarlo todo, aprehenderlo todo, conocer, sentir,  comprender,  para luego recordar.

Vuelvo y me desperezo. Despacio, sin prisa, vuelvo a adueñarme de mi casa, de mis ventanas, mis muebles, mis plantas y mis libros. De la cocina, también. Me propongo incluir recetas de allí en nuestro menú familiar. (Echo de menos lo sencillas y buenas que han sido nuestras comidas durante estas vacaciones).

Vuelvo a encender el ordenador. Abro el último borrador que guardé. Lo cierro. Aún no.
Leo por aquí, por allá.
Echo un vistazo rápido a las conversaciones en las redes sociales. Me salgo. Aún no.
Una presentación de un libro con personas que me apetecen. Venga, vamos.
Escribo en mi agenda un enorme listado de tareas por hacer más tarde…tal vez mañana, tal vez en las próximas semanas.

Vuelvo y escribo.

¡Hola de nuevo!

Razones para volver a París

 

París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a cambio de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices.

Ernest Hemingway, París era una fiesta

Volvería a París sin ningún motivo en especial, año tras año. Por el simple placer de pasear sin rumbo, eso tan parisino, que diría Víctor Hugo; sentarme en sus cafés ( Le Deux Margots, o el de Flore o La Closerie des Lilas o Le Procope más restaurante ya que café, ) como lo hacía Sartre, o Hemingway, o  o Marguerite Duras o Julio Cortázar, entre tantos otros, con el deseo de fundirme allí como parte del paisaje y su gente, si fuera eso posible. Sigue leyendo “Razones para volver a París”

La India a través de los libros

Niña India
Cc Joel Dussel vía Flickr.

(Inauguro nueva sección de viajes. Son lugares a los que he viajado y que aquí quiero mostrar a través de libros, pelis, música y algunas impresiones personales)

No hay que apagar la luz del otro
para lograr que brille la nuestra.
Gandhi

India es un país que no se deja recomendar porque genera pasiones y rechazos a partes iguales. Pasión por su cultura, su espiritualidad, su exotismo, su sensualidad. Rechazo a viajar para enfrentarse cara a cara con la miseria, la suciedad, la muerte como algo cotidiano. Y no. Me he cruzado con muchas personas que prefieren viajar a otros lugares menos sensibles, supongo. Sin embargo, si algo me llamó la atención allí es la fuerza de la vida, quizás por contraste con todo lo que ves como un “riesgo para la salud” con tus escandalizados ojos occidentales.

holi2016_pamnani
Festival Holi cc Rajesh Pamnani en Flickr

India tiene muchas Indias dentro. Si prefieres ver sólo la cara más suave, puedes recorrer determinadas áreas o regiones y conocer solo su cara más amable y colorista, como le pasó a una conocida que viajó al Rajastán, se adentró un poco en el Punjab,  y volvió encantada.

De la India de los maharajás….

Precisamente allí, entre el Punjab y Rajastán, puedes rememorar la época gloriosa (o bochornosa, según se mire) de los maharajás, e imaginarte ser una Anita Delgado cualquiera, esa joven malagueña de diecisiete años cuya historia cuenta Javier Moro en su “Pasión India”. De Anita se quedó prendado un maharajá a principios del siglo XIX cuando vino a España invitado a la boda de Alfonso XIII, y no paró hasta que se casó con ella y se la llevó a su pequeño reino de Kaphurtala, en el corazón del actual Punjab. Suena a cuento chino o al típico cuento de hadas para románticas, pero fue verdad.

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