Permiso para ser imperfecta

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Foto de Inge Morath. Clase de belleza. NY 1958

Me he dado permiso para ser imperfecta.
No ha sido fácil: he tardado varias décadas de mi vida en conseguirlo. Demasiado tiempo para aceptarme y sentirme cómoda conmigo misma, con mi cuerpo, mis aspiraciones, mis limitaciones. Con lo que soy y lo que no soy. No es que antes no lo supiera o no me conociera bien; es que no lo aceptaba, que es distinto.

Tantos años boicoteándome. Me revolvía contra mí misma por no encajar en esa imagen ideal que me había formado en mi cabeza, o por no ser lo que pensaba que los demás esperaban de mí; por no llegar a esas metas tan fascinantes sobre el papel pero tan poco ajustadas a mi persona y a mi realidad;  o por no dar la talla en esa idea de mujer que la sociedad nos proyecta a cada minuto.

Ese mejunje entre lo que la sociedad proyecta, lo que tu entorno parece reclamarte (aunque solo sea una percepción tuya) y lo que tú deseas, es la perfecta locura: Debes ser atractiva, sexy, delgada, estilosa, agradable, divertida, joven (o aparentarlo); además, como cualquier mujer de su tiempo, tú quieres trabajar o desarrollar una carrera profesional más o menos exitosa. Y casi sin darte cuenta, llega un momento en que también te conviertes en mamá (de tres tigres, en mi caso) con los que quieres hacerlo requetebién para que te salgan unos niños también perfectos, cariñosos, responsables, inteligentes, bilingües, creativos y educados en valores. Pobrecitos míos.

Y por satisfacer a todo el mundo, dejas a tu bebé, organizas la logística de tu casa como buenamente puedes y te incorporas al trabajo en mitad de tu baja de maternidad, te sacas leche en los aseos de la oficina, estiras cada día un poco más tu hora de salida, negocias con tus hijos por teléfono la hora de ponerse a hacer deberes, y te conviertes en una fitipaldi al volante que sortea atascos y se pierde en atajos imposibles con tal de arañar los minutos que te demoraste por enviar ese email en la oficina. Y después, compra-revisa deberes-duchas-cenas-y desplome en el sofá a las diez y media de la noche. Sexy o no, da igual. Ya no eres persona.

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Fotografía: Man Ray

No pretendo criticar la maternidad ni nuestras ambiciones profesionales legítimas ni el deseo de gustarnos y sentirnos bien. Simplemente, intento reflejar que a menudo, aspirar a dar la talla en todo —ser la madre perfecta, la profesional eficiente e imprescindible, amiga genial y esposa ideal— genera más insatisfacciones que alegrías. Y con sus excepciones, que las hay, yo sentía que me iba vaciando por el camino.

Por alguna extraña razón que todavía me cuesta entender (porque aún, a veces, lo hago), menospreciaba mis cualidades y habilidades, y sobrevaloraba mis carencias. Menospreciaba mi capacidad para comunicar, para escribir o redactar, mi creatividad, mi gusto para determinadas cosas, mi criterio para otras, mi capacidad para impulsar u organizar actos, viajes, eventos; me avergonzaba mi ingenuidad en determinados temas o ese exceso de confianza en las personas que alguna vez se volvió contra mí;  y sin embargo, sobrevaloraba mi dificultad con las cifras, las estrategias, las analíticas, las negociaciones, la visión comercial. Quería ser perfecta en lo que me resultaba más difícil. Y claro.

No sé exactamente en qué momento comencé a sentir que necesitaba aire, necesitaba encontrarme a mí misma. Cuando los niños dejaron de reclamarme tanto me puse un plazo máximo de tres años para cambiar de vida y, no sé si consciente o inconscientemente, me dirigí hacia allí. Y llegado a ese punto, la decisión final de dejar mi trabajo fue relativamente fácil. Reubicarme, repensarme, reinventarme está siendo apasionante. Y esa pasión es la que me ha hecho evolucionar más en estos dos años que en los últimos cinco de mi anterior trabajo.

He aprendido a decir no amablemente. A confiar en mi intuición y mi criterio. A aplicar todo lo aprendido estos años atrás, que fue mucho y bueno, en mis nuevas ocupaciones. A buscar personas, lugares y momentos en los que desarrollar mis propios intereses, mis aficiones. Todo eso me alimenta por dentro.

Todavía me esfuerzo por buscar la perfección en lo que hago ahora, pero muchos días me doy permiso para ser imperfecta, soltar amarras y dejarme llevar.

Y lo más maravilloso de todo este proceso ha sido descubrir que aquello que mejor se me da hacer desde siempre es también lo que me hace más feliz.

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6 comentarios sobre “Permiso para ser imperfecta

  1. Me ha gustado mucho la entrada, María, y me he vuelto a sentir identificada en muchos aspectos. No diré que haya sido excesivamente perfeccionista, quizá me agobiaba cierto conformismo, la falta de ambición, tantas cosas que, (algo bueno tenía que tener la madurez), hoy me dan exactamente igual. Me gusta lo que hago y como lo hago (también me gusta exigirme un poco más si se que puedo hacerlo), y ya no gasto mi tiempo en lo que no me aportaba nada.
    Muchas felicidades por todo lo conseguido!!!

    1. Muchas gracias, Marisa. 🙂 De una forma u otra, somos de una generación que ha vivido esa presión de un modo u otro. Supongo que lo difícil es encontrar el equilibrio entre lo que deseas hacer, lo que debes hacer y lo que te hace feliz. No siempre puedes unir todo desde el primer momento; lo importante, creo yo, es tenerlo claro desde el principio e ir dirigiéndose hacia allí poco a poco porque más pronto que tarde, la que lo tenga claro llegará (y con suerte, mucho antes de lo que yo he llegado). ¡Gracias por pasarte por aquí!

  2. ¡Bravo! Este es un camino que muchas recorremos o recorreremos, me encanta leer sobre ello y creo que motiva e impulsa. Pero cada una recorre su camino y por mucho que te cuenten hasta que tú no abres los ojos, te das cuenta y tomas la decisión no llegas al final del camino. Bravo de nuevo. Me motiva y me emociona, me impulsa a seguir recorriendo mi camino. ¡Gracias!

    1. Tienes toda la razón, Bruna. Es un camino que debe recorrer cada una para creérselo realmente. No valen atajos, ni rodeos, ni esperas. Hay que realizar esa especie de “travesía del desierto” personal para lanzarse de una vez y soltar lastre acumulado durante años. Y como suele ocurrir, la ganancia no está en llegar, sino en cada paso del camino. ¡Yo también sigo recorriéndolo!
      Muchas gracias a ti por pasarte y comentar!

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